viernes, 28 de octubre de 2011

Una aventura inesperada

    
    
       Finalmente, después de pensarlo mucho, tomé la decisión de contar  esta historia con la mayor fidelidad posible, para los que estén dispuestos a escuchar.
     No me resulta nada fácil volver sobre mis recuerdos y  transmitir coherentemente el curso de los acontecimientos, ya que los hechos se sucedieron en una forma caótica.
     Hace exactamente una semana, el viernes pasado a las 11 de la mañana, después de dar una clase, decidí tomar un taxi para volver a mi casa.
     Habitualmente hago ese trayecto caminando, no son muchas cuadras y me gusta mover un poco las piernas después de estar dos horas sentada y hablando.
    Pero ese día cambié mi rutina porque llevaba cosas muy pesadas: la computadora portátil y varios libros. Además estaba congelándome ya que soplaba un viento muy frío y nubes negras anunciaban una tormenta inminente. 
    Sabemos que cuando se inicia la lluvia desaparecen los taxis, pero milagrosamente apareció frente a mí  uno con la banderita roja y rápidamente lo tomé, muy contenta de tener tan buena suerte. 
    Más tarde descubrí que en realidad fue una mala jugada del destino subirme a ese vehículo. La aventura empezó cuando el conductor,  un hombre muy feo y totalmente pelado con su calva lustrosa, poco después de arrancar, me pidió que lo guiara.  
    Las cosas empezaban a pintar mal porque, como ya dije, eran pocas cuadras  y parecía increíble que un chofer de taxi no conociera esa zona.   Se disculpó:
     _Sabe, soy nuevo en esto. 
     Sentí un poco de compasión y pensé que podía darle un voto de confianza y además sabía que si me bajaba difícilmente conseguiría otro auto porque ya estaba lloviendo.  Lo traté muy amablemente y le indiqué con mucha paciencia todos los pasos a seguir.
     Pero se presentaron otros inconvenientes, cuando yo le decía ahora doble a la derecha, él se iba para la izquierda y así sucesivamente.
     Como se podrán imaginar, las cosas con ese señor tan feo y tan despistado siguieron de mal en peor.
     El tráfico estaba muy denso y el  chofer parecía que buscaba estrellarse contra todos los colectivos, pero milagrosamente llegamos a nuestro destino, sanos y salvos.
     Respiré tranquila ya que parecía un final feliz de esta aventura inesperada con un automovilista tan inexperto, pero fueron vanas ilusiones.
     Mientras pagaba, el pelado agradeció mi paciencia y la ayuda recibida. Quería seguir hablando y contarme sus cuitas pero yo saludé y bajé muy rápidamente.
     Apenas apoyé mis dos piernas en tierra firme, estando todavía de espaldas y antes de que girara el cuerpo para poder cerrar la puerta  del auto, sentí un fuerte apretón y un gran dolor en mi pierna derecha y en una fracción de segundo reconocí que quedé atrapada por la rueda trasera del taxi que se estaba moviendo y me tenía prisionera.
     Quise ver qué estaba pasando y sólo pude girar mi cabeza ya que el resto del cuerpo no lo podía desplazar.  Descubrí el secreto de mi cautiverio: el fulano, además de feo, pelado e ignorante de las calles era un  despistado total que había arrancado intempestivamente.
       Podrán imaginarse mi desesperación ya que estaba a punto de perder una pierna y mis gritos desaforados se escucharon a tres cuadras a la redonda.
      En ese momento se produjeron varios milagros.
      El primero, apareció un policía, que crean o no, estaba precisamente parado en esa esquina. Me oyó, vio lo que ocurría y también gritó.
      El segundo, fue algo maravilloso e increíble: ¡el pelado escuchó, entendió  y frenó!  
      Pero yo no podía sacar la pierna atrapada por la rueda. Había que mover el coche para que pudiera liberarme.  Mi héroe, el vigilante, no podía levantar el auto, ya que lamentablemente no tenía la fuerza de Superman, pero sabía manejar  e indicó con mucha autoridad:
      _ Hacé marcha atrás, pero sólo mové el auto apenas.
      En esos momentos, a pesar de ser atea, le recé a todos los dioses de todas las religiones para que el monstruo que estaba frente al volante no hiciera la maniobra contraria  a la que le indicaban y se llevara por delante mi pierna.
     Y se produjo el último milagro.  El  pelado  interpretó correctamente las instrucciones recibidas y obedeció.
      Trabajosamente pude recuperar esa parte de mi cuerpo que ya daba por perdida. Como calzaba botas altas salí sin ningún rasguño y con las dos piernas completas. Un último detalle: mi bota italiana, muy cara,  tampoco se lastimó.
           .