Palabras cruzadas
domingo, 10 de agosto de 2014
Alicia en el país de las maravillas. Cuento. Película. Juego. Sueño
ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
Cuento-Película-Juego-Sueño
Todas las películas de “Alicia en el país de las maravillas” se basan en la novela escrita por Lewis Carroll, seudónimo de Charles Dogson, hijo mayor de una familia con 11 hijos, zurdo contrariado y tartamudo, que estudió matemáticas en la Universidad de Oxford.
Fue Ordenador Diácono de la Iglesia anglicana y enseñó matemática a tres generaciones de jóvenes en Oxford.
Pasó a la posteridad a través de sus dos famosos escritos: “Alicia en el País de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”. Como era un matemático le dió mucha importancia a la lógica y que aplicó en esta novela a situaciones graciosas.
¿Cómo nació esta historia? Se cuenta que Charles Dodgson se embarcó con tres pequeñas amigas en una excursión río arriba. Ellas eran: Alicia Liddell de diez años, su hermana menor Edith de ocho y Lorina de trece, que ya dejaba de ser una niña. Alicia, a sus diez años, todavía lo era, pero muy pronto (¡demasiado pronto!) dejaría de serlo, como le había ocurrido ya a su hermana mayor.
L. Carroll improvisa entonces un cuento para ellas y el relato permite muchas lecturas posibles. Una de ellas es entenderlo como una referencia al momento (¡terrible momento!) en que el niño, al dejar de serlo, comienza a penetrar en el fascinante, misterioso y absurdo mundo de los adultos.
Esa tarde de verano, en el paseo en barca, el azar quiso que cada vez que L. Carroll intentaba dejar de contar su improvisada historia, prometiendo «el resto la próxima vez», las tres niñas, sus musas inspiradoras, exclamaban a coro: «Ya es la próxima vez». Tal vez en esta burla acerca del tiempo se encuentra el secreto de la aventura de Alicia en el país de las maravillas y que se inicia con la caída de su protagonista por un agujero.
Y al llegar al fondo, el primer dilema que se le plantea es si beber o no de ese frasco que hay encima de la mesa, si crecer o no crecer, es decir, si hacerse o no hacerse adulta. Alicia bebe del frasco y ya crecida se encuentra con el Conejo Blanco impecablemente vestido de caballero victoriano. Por sus palabras se deduce que sufre de la gran enfermedad del mundo moderno, la prisa ¡Es tarde! ¡Es ya muy tarde!, exclama una y otra vez sin dejar de correr. Alicia se encuentra con un personaje que dramatiza ese mundo de los adultos en el que todos siempre tienen prisa, justamente lo contrario que le ocurría a L. Carroll, que podía pasarse horas y horas «perdiendo el tiempo», charlando con sus jóvenes amigas en una tarde de verano.
La novela se abre y se cierra con un marco realista: Alicia estaba aburrida con su hermana y se quedó dormida. El autor introduce el primer personaje sin avisarnos que se trata de un sueño sino que directamente aparece ese personaje fantástico: “cuando de pronto pasó corriendo junto a ella un conejo blanco de ojos rosados”. La alternancia y combinatoria de ese marco realista y los personajes de ficción que van surgiendo dan la característica principal de esta historia, que es el absurdo y el sin sentido de los sueños.
El escenario de la obra varía constantemente. Empieza en un pozo interminable, continúa en un lugar en que se encuentra cerrada la salida - un océano de lágrimas - la casa del conejo blanco - el bosque – el palacio de la reina - la mesa de té de la liebre de marzo - el jardín - un campo de croquet y termina en una sala de juicios.
El tiempo en esta historia tiene dos varas distintas: 1) el real que transcurre en un corto rato, lo que duró la siesta de Alicia bajo un árbol.
2) el del sueño con el viaje por el país de las maravillas, este es un tiempo que no se mide, no hay día ni noche y en la casa de la liebre la hora del té es interminable.
L. Carroll creó un país absurdo, el país de los sueños. Para el público infantil, este país absurdo los hace entrar a un mundo muy parecido al que ellos crean con su imaginación, donde todo es posible, donde la vida es sueño y el sueño realidad.
Psicoanalíticamente, podemos hacer un nexo entre cuento –juego –sueño. Son intentos de elaborar la situación traumática que implica dejar la infancia y pasar al mundo adulto.
Después de toda la experiencia en el país de las maravillas Alicia se despierta en las últimas páginas de la novela. En la película de Tim Burton, el principio y el final, el marco realista de la historia, tienen matices diferentes que comentaré más adelante.
La obra fue escrita originariamente en inglés y por eso mucho de los juegos de palabras se pierden en la traducción. Estos juegos se dan con términos que se escriben un poco diferentes pero se pronuncian igual. Hay equívocos en la conversación. Esto se ve varias veces a lo largo de la obra, por ejemplo, en el diálogo de Alicia con la Reina de corazones. Alicia le dice: "¿Ya sabe que la tierra tarda 24 hs. en dar una vuelta alrededor de su eje? (eje en inglés es axis). La Reina le contesta: "Hablando de hachas (axes en inglés) que le corten la cabeza".
Cuando conversa con el ratón, el ratón afirma que la suya es "una larga y triste historia" (a long and a sad tale) pero Alicia entiende "una larga y triste cola (a long and a sad tail). De esta confusión surge un poema.
Hay palabras desprovistas de sentido, por ejemplo adivinanzas sin solución que le hace el sombrerero a Alicia. Es importante conocer la lengua y las tradiciones inglesas para poder interpretar bien la obra y apreciar los juegos lingüísticos. Desde el psicoanálisis conocemos que gran parte del material con que se arman los sueños, tanto de niños como de adultos son los juegos de palabras, que siempre se expresan en la lengua materna del soñante.
L. Carroll también crea situaciones de humor a través del lenguaje por medio de otros recursos. Por ejemplo, “ahogarse en el llanto”. Este uso del lenguaje tiene sentido, porque los niños cuando lloran se suelen sentir como asfixiados. Es una metáfora, que en el cuento y la película aparece concretamente como un mar, en que Alicia cuando se vuelve pequeña corre peligro de ahogarse. “Estaba ahogada en un mar de lágrimas”
Igualmente significativa es una escena en la que Alicia «crece» concretamente dentro de la Casa del Conejo. ¡Qué angustia y qué asfixia siente la pobre niña condenada a vivir entre las estrechas paredes del mundo de los mayores! ¡Y qué alegría, qué liberación, cuando consigue volver al tamaño de niña y salir corriendo de la casa hacia el campo abierto!
L. Carroll se burla de las exigencias de educación que debían cumplir las niñas. Por eso Alicia siempre esta preocupada por conservar los buenos modales y respetar las normas de educación. Así, en el capitulo del té de los locos, Alicia le reprocha al Sombrerero y a la Liebre de Marzo sus malos modales.
La novela es una crítica solapada a la sociedad victoriana que L. Caroll expresa a través de la locura o lo disparatado de muchos personajes, que como están locos, el autor puede hacerles decir cosas que si no vinieran de un loco serían censuradas. Se trata de una lúdica metáfora sobre nuestro mundo, visto a través de los ojos de un chico.
El episodio más célebre de la historia de Alicia y que encontramos en todas las películas que se han hecho: la de Disney, la de Tim Burton y otras, es la merienda del Sombrerero y la Liebre. «El tiempo -le dice el Sombrerero a Alicia- se ha detenido para siempre en las cinco... Aquí estamos siempre en la hora del té.» ¿Se ha intentado alguna vez una definición tan brillante de lo que es Inglaterra? De todas las convenciones sociales británicas ¿no es la del té la más absurda y a la vez la más radicalmente inglesa?
El ritual del té es la culminación del absurdo inglés, la verificación, por parte de Alicia, de que se encuentra «en un país de locos ... ». Ya se lo había advertido el Gato de Cheshire: «Por ahí -le había dicho a la niña- vive un Sombrerero, y en esa otra dirección, una Liebre Marcera... Da igual al que visites... ¡Los dos están igual de locos!»
A pesar del uso particular del lenguaje, las burlas e ironías, los juegos de palabras, la presencia de la lógica y del razonamiento, que son características del mundo de los adultos esta novela es un clásico de la Literatura Infantil y miles de niños de todas las épocas han escuchado embelesados las aventuras de Alicia. ¿En qué radica el encanto de esta obra para los chicos?
Cualquier niño en sus juegos fantasea con una mezcla de aspectos de la realidad y además crea mundos propios, donde sus juguetes cobran vida, donde el tiempo transcurre con un ritmo distinto, donde todo es posible con tan solo desearlo o imaginarlo, donde sus fantasías más imposibles se hacen realidad, como las que se van presentando en esta historia.
Película de Tim Burton
Después de una breve introducción, la historia se traslada trece años más tarde. Ahora, Alicia es una joven casadera (¿tiene alrededor de 20 años?) y está a punto de comprometerse con un Lord inglés, algo que no desea en absoluto. Por ello, Alicia se escapa en la escena en que él le propone matrimonio. Ella ve o imagina que ve al conejo blanco y decide perseguirlo volviendo a caer en el pozo y repitiendo la historia de su sueño cuando era niña.
La trama de la película de T. Burton tiene paralelos entre la vida cotidiana de Alicia y las relaciones de poder del país visitado en sus sueños. Alicia aprenderá a ser ella misma a pesar de lo que opinen los demás. Al volver de su viaje al país de las maravillas, Alicia le dice al Lord que no acepta casarse con él. Decide integrarse a un mundo adulto que no puede rechazar, pero sí cambiar. La Alicia de la película de Tim Burton sorprende porque representa la emancipación de la mujer, es una ruptura del orden establecido. Ella decide trabajar identificándose con aspectos creativos del padre.
En “Alicia en el país de las maravillas” encontramos similitudes y diferencias con “Peter Pan, el niño que no quería crecer”, historia que también surgió en la época victoriana, un poco más tarde. Fue obra de teatro en 1904 y novela en 1911. James Berrie se inspiró en un niño real muy querido por él, llamado Peter, con el que se identificaba por que ambos (Peter y J Berrie) habían sufrido la muerte de seres queridos en su infancia. “Nada pasa después de los 12 años que importe mucho”, dice Peter Pan y lleva a los niños a Neverland (el país de Nunca más).
El tema del tiempo y el dolor por lo imposible de detenerlo es el conflicto que inspira a L. Carroll y a J. Berrie, Ellos, en su vida real mantenían la añoranza de poder seguir siendo niños y se negaban a ingresar al mundo de los adultos. Ambos, en algunos aspectos formales actuaban como adultos, pero buscaban la compañía de niños con los que se conectaban maravillosamente y evitaban generalmente el encuentro con adultos.
T. Burton, en su película, le da una vuelta de tuerca personal a la nostalgia de la infancia. Así podemos observar en el final, una metamorfosis de la inocencia infantil a posibilidades adultas. Alicia sublima creativamente la infancia perdida para así poder enfrentar los retos de un mundo hostil y demente.
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Contactos en la red
Como una de mis hijas vive en el exterior, me uní a Facebook hace algunos años y es una herramienta que me pone en comunicación con ella.
Por supuesto, nos enviamos mails para las cosas más privadas. Pero es otro el disfrute que me genera leer todo lo que intercambia con sus amigos. Ella es muy graciosa y me resulta muy divertido encontrarme con sus comentarios en castellano y en inglés. En su muro hay fotos y videos de las hijas, o sea, mis nietas, con las que también me comunico a través de esa vía.
Poco a poco empezaron a aparecer pedidos de amistad de colegas, de amigos de mi hija y de amigos de amigos. Se creó una red de más de doscientas personas con las que también dialogamos e intercambiamos mucha información.
Supe que mucha gente, a través de Facebook, se habían reencontrado con amigos y compañeros de la escuela primaria, secundaria y de la Facultad, que estaban diseminados por el mundo.
Intenté imitar lo que otros habían logrado.
Me puse en campaña, buscando a aquellos cuyos nombres recordaba y en especial a antiguos novios.
No encontraba a ninguno de mis conocidos de épocas remotas. Por lo visto, a los que formaron parte de mi entorno de aquellos años, no les interesó ingresar a esta red social.
Renuncié a seguir investigando y azarosamente la descubrí. Allí estaba su nombre y apellido.
Estaba segura de que se trataba de la misma Katia, una compañera de primero y segundo año de la escuela secundaria. Además leí, en los datos biográficos de su muro, que había cursado en el mismo Liceo de Señoritas al que yo asistí. No figuraba la edad, pero ese es un dato que habitualmente las mujeres no decimos y menos en Facebook.
La recordaba muy bien porque ella tenía el promedio más alto de la división. Yo tenía notas muy buenas en todas las materias, pero nunca lograba superarla, siempre quedaba en el segundo puesto.
Además ella era alta, esbelta y bellísima, como yo me la imaginaba a Blancanieves, de piel muy blanca, ojos color turquesa y cabello negro azabache que llevaba atado con una larga y espesa trenza. Ya era una mujer a sus trece años. Todas las compañeras la admiraban y la consideraban una diosa.
En cambio, yo, petisa y un poco gordita, parecía una nena de menor edad.
No compartíamos nada, apenas nos saludábamos e intercambiábamos muy pocas palabras.
Cuando cursábamos segundo año, nos enteramos que Katia tenía novio, un amigo de su hermano, catorce años mayor que ella y que iban a casarse.
Para acelerar el trámite, ella decidió dar libre tercero, durante las vacaciones de verano, luego cursar cuarto y por último rendir libre quinto. Con ese plan podía terminar la escuela secundaria a los quince. Luego, además de casarse, iría a la Universidad.
La idea de escapar cuanto antes del Liceo de señoritas me resultó muy seductora y decidí imitarla. Así podría ingresar a la Facultad de Medicina y entrar a un mundo con hombres.
Terminado el colegio, no supe nada más de ella. Como ya dije, no eramos amigas.
Cuando la descubrí, después de tanto tiempo, decidí enviarle un mensaje privado, por Facebook. Me contestó al día siguiente, se acordaba muy bien de mí y de nuestra aventura de los años libres y la entrada a la Universidad a los quince.
Iniciamos un diálogo a través de mails. Nos contábamos todos los sucesos de nuestras vidas. Hablábamos de nuestras carreras profesionales, de los maridos, los hijos, los nietos y de los libros que leíamos.
¡Teníamos tantos temas que nos interesaba compartir!
Este apasionado romance epistolar duró varios meses, hasta que se me ocurrió la idea de vernos y dialogar en forma presencial.
Katia me invitó a su casa a tomar el té.
Le sugerí que intercambiáramos fotos nuestras de la época del colegio. Yo conservaba un recuerdo muy nítido de su hermoso rostro y de su físico privilegiado y buscaba comprobar si mi memoria no me engañaba.
Preparé una torta y compré un libro para regalarle. Fui a la peluquería y me vestí muy bien, como si me fuera a encontrar con un antiguo amante.
La foto que Katia encontró, de sus quince años, coincidía totalmente con la imagen que yo evocaba, pero la anciana encorvada, de cabellos grises y que caminaba trabajosamente con un andador, era una perfecta desconocida. Quise escapar rápido de esa casa.
Probablemente, ella sintió algo parecido cuando me vio.
Fue una muy mala idea salir de nuestros apasionados diálogos adolescentes por Internet.
Sara Zusman de Arbiser
Agosto 2014
jueves, 6 de septiembre de 2012
Las comadres del cuento: Sarita
Las comadres del cuento: Sarita
LA MÁQUINA DE HACER PAN
Cuando llegó el folleto con las ofertas de la tarjeta de crédito y descubrí que tenía suficientes puntos como para poder canjearlos por la máquina de hacer pan, me decidí.
Soy muy gasolera, no iba a invertir dinero en esa compra, pero si la conseguía gratis me lanzaría a la aventura de fabricar pan.
Para muchos, ese proyecto podría parecer ridículo. ¿Para qué invertir tiempo, que es lo más valioso que tenemos en hacer pan que se puede comprar muy fácilmente en panaderías y supermercados?
A pesar de que no soy presa fácil para quedar embaucada por publicidades, ese artefacto logró seducirme. Cuando me enteré de que existía empecé a pensar en la posibilidad de tenerlo.
Dudé bastante, pero al final me decidí. Había tanta gente que lo tenía, ¿por qué yo no? Así que lo encargué y después de una angustiosa espera de una semana, finalmente encontró un lugar de privilegio en mi casa.
Recuerdo el día que llegó, hizo su aparición en una caja inmensa que yo no podía sostener con mis manos. No era muy pesado, pero necesitaba ese tamaño descomunal para poder ser embalado de tal manera que no recibiera golpes durante el traslado, ya que era un poco delicado su funcionamiento.
La apertura de la enorme caja me emocionó. Fue una gran ceremonia. Lentamente, empecé a sacar todo eso que se suele poner en las mudanzas para que las cosas frágiles no se rompan.
Su llegada provocó consecuencias parecidas a las que suceden cuando una persona se va a vivir a otro lugar, ya que esa posesión cambiaría bastante las rutinas y los objetivos de mi vida.
Después de la gran emoción que sentí cuando lo desembalé, quería empezar a usarlo.
Inesperadamente me invadió el terror, ya que no era tan fácil el manejo como me había parecido de acuerdo con las propagandas, que había leído ávidamente durante varios meses antes de decidirme a encargarlo.
Es muy difícil olvidar que atravesé mi infancia escuchando: ¡“chepe nisht”!, a cada rato. Es complicado traducir esta expresión idiomática en Yidish. Su significado es algo así como: ¡no toques!, en un tono imperativo y donde tocar era equivalente a molestar.
Se trataba de uno de los mandamientos de mi papá y que abarcaba gran cantidad de ítems. Era una mezcla de sobreprotección y descalificación con un fuerte toque machista, ya que a mamá y a mis dos hermanas, también las afectaba ese decreto.
El mensaje que recibíamos era que a los aparatos, cualquiera de ellos, los podíamos romper. Si manejábamos el auto corríamos el riesgo de matar o matarnos. Esos eran dominios exclusivos del hombre de la casa.
Como no tuve hermanos varones, no sé como podría haber sido su conducta con un hijo macho.
Cuando ya estaba a punto de tirar la caja con todo lo que lo había acompañado, descubrí, entre ese enorme lío de papeles y cartones, un cuadernillo que era un manual de instrucciones con explicaciones bastante confusas.
Leí durante varios días ese folleto que me aclaró muy pocas dudas.
Pasaba largas horas observando cada uno de los comandos que había que oprimir escritos en inglés. Eso me sorprendió ya que yo sabía que era de industria argentina. Así que no me explicaba por qué no estaban en castellano. Me imaginé que podría ser una copia local de un original extranjero.
Decidí buscar en Internet. Le pregunté a Google, que es el que siempre me da la información precisa. Me conecté con “El club de la máquina de hacer pan”, que contaba con cualquier cantidad de integrantes, mujeres y hombres, la mayoría de ellos con muchas incertidumbres y unos pocos, ya veteranos, que transmitían toda su sabiduría y muchos trucos personales para fabricar pan.
Finalmente, con todo ese apoyo, pude entender la manera de aproximarme a él con cierta tranquilidad y sin miedo a provocar algún desastre.
La primera vez que lo hice funcionar y armé mi primer pan vigilé todo el proceso paso a paso. Durante tres horas y cuarenta minutos espié el interior del aparato con una linterna. Logré ver que primero amasaba, luego levaba, un segundo amasado, otra levada, un tercer amasado, una tercera levada y recién en la hora final cocinaba. El pan crecía y crecía todo el tiempo, como un bebé en el útero.
Puede parecer poco creíble pero yo me enamoré de él. Entré en un estado de euforia pasional ya que, milagrosamente, había dejado de obedecer la orden de “¡chepe nisht!”
Hacer pan se transformó en una necesidad imperiosa, casi en una adicción.
Me dijeron que después de un tiempo mi entusiasmo se iba a enfriar y terminaría abandonando el aparato, pero no fue así, la pasión seguía creciendo día a día.
Todas las mañanas, lo primero que hacía al despertarme, era ir rápido a mirar y acariciar ese prodigio.
A veces tenía pesadillas que me despertaban aterrorizada. Soñaba que mi mamá entraba con un bate de béisbol y lo rompía en pedazos. Ella estaba furiosa, decía que el reino de la cocina era suyo y yo me había atrevido a meterme en sus dominios.
Toda la escena parecía tan real, que después de despertarme y comprobar que no era cierto, estaba largo rato sollozando, no podía olvidar las imágenes de mi sueño.
Era un amor incondicional. Él respondía a mi extrema devoción con los resultados que conseguíamos con nuestra alianza tan provechosa.
Fabriqué a un ritmo vertiginoso gran cantidad de panes salados y dulces, tortas, budines, pancitos y pizzas. Hacer pan era un ritual necesario para seguir adelante con mi vida. Mi casa se convirtió en una panadería.
El romance se mantuvo con la misma pasión durante mucho tiempo hasta que sucedió algo inesperado.
Él me falló totalmente el día que se cortó la electricidad.
SARA ZUSMAN DE ARBISER
JULIO 2012
miércoles, 21 de diciembre de 2011
CENICIENTA ES LA CULPABLE
Noticia del día 20/12/11 publicada en el Diario La Nación
Los tacos, un reflejo de la economía
Según un estudio realizado, por la crisis las mujeres usan calzados más bajos y cómodos, y abandonan los zapatos altos.
Para leer el artículo completo ver:
Miden los vaivenes de la economía de acuerdo a la altura de los tacos de los zapatos que usan las mujeres.
Señalan, que de acuerdo a una investigación realizada por IBM, en épocas de bonanza las mujeres calzan sus tacos todo el día mientras que durante las crisis prefieren los zapatos bajos.
Con las noticias importantes que hay para informar, usan cerca de media página del diario para ocuparse de semejante estupidez. Además, esas conclusiones son totalmente erróneas.
El tema del pie femenino y su calzado arranca con el cuento de Cenicienta.
Es uno de los relatos más antiguos de la tradición oral. Su historia se encontró en Egipto, China, Francia, Alemania, etc., con nombre cambiado. Tiene más de 340 variantes y es posible seguirle el rastro hasta el año 850-60 después de Cristo, fecha en que se recogió por escrito la primera versión que nos permitiría ubicar su origen en China, donde se practicaba el vendaje de los pies de las mujeres para que no crecieran.
Esos pies diminutos, destruidos en forma tan salvaje, eran considerados un signo de elegancia. El significado más profundo de esta práctica era impedir que las mujeres pudieran moverse libremente. Quedaban lisiadas para la vida.
Este es un relato universal que sólo se les cuenta a las nenas y no a los varones, desde aquellos tiempos lejanos hasta nuestros días. Su contenido impregnó la psicología femenina. Son la base de argumentos de novelas y películas románticas, generando consecuencias diversas.
En Occidente no se vendan los pies para que no crezcan, pero la idea de la elegancia del pie pequeño existió durante mucho tiempo.
Las mujeres, aún las del siglo XX y XXI, siempre usaron zapatos incómodos: muy chicos, con hormas muy angostas y en punta, con tacos muy altos y finitos o con plataformas inmensas. Padecían y siguen padeciendo, muchas de ellas, de juanetes, dedos en martillo o metatarso vencido. Muchas se fracturaban/an distintas partes del cuerpo por las caídas de los tacos y plataformas, ya que era/es bastante difícil mantener el equilibrio con ese débil sostén.
En la actualidad, los pies de las mujeres se han rebelado bastante a estas torturas con el calzado, las chicas jóvenes usan taco bajo y zapatillas; ojotas y sandalias en verano. Pero reconocemos otras formas de ataque al sexo femenino y que las mujeres aceptan alegremente: los concursos de belleza y las cirugías estéticas y que cada vez se hacen a más temprana edad
Cuando parecía que nada más podía decirse acerca de este tema, vi un anuncio en un diario, que hablaba de un invento reciente, zapatos de mujer con taco alto plegable. Es decir, si la señora o señorita tiene que manejar, pliega los tacos, pero los despliega antes de bajar del auto. ¿Alguna mujer los habrá comprado? Me imagino lo inseguro que debe ser caminar con ese calzado.
También existen las "Stilettos run", competencias que se pueden ver a través de sus videos, en la web.
Son mujeres mayores de 18 años que corren en una carrera de 100 metros subidas a zapatos con taco aguja (stilettos) de no menos de 7,5 cms.
Como se deben imaginar, muchas participantes se caen y lastiman. Se producen contusiones, esguinces y fracturas.
La recompensa para la que triunfa en esta prueba son 10.000 euros en ropa elegida por la revista patrocinante. No figuran cláusulas acerca de si la ganadora debe quedar ilesa o puede reclamar su premio con traumatismos diversos.
Este no es un cuento chino de hace más de mil años. Todo esto ocurre en la actualidad, en países occidentales y civilizados, que se dedican a investigar porque las mujeres deciden usar zapatos bajos y cómodos y lo atribuyen a una crisis económica.
martes, 20 de diciembre de 2011
sábado, 10 de diciembre de 2011
VECINOS
Vivo en el mismo departamento desde que me casé. Eso ocurrió hace muchos años. Los vecinos de nuestra casa fueron cambiando durante ese largo tiempo.
Se trata de un edificio de trece pisos y sesenta y siete departamentos. Es imposible registrar a todos sus ocupantes y sus mudanzas.
Algunos personajes, que nunca olvidaremos, fueron especialmente significativos.
Primero fue Martín, que vivía en el cuarto piso, casi pegado a nuestro departamento, y al que padecimos durante muchos años. Borracho, sucio, con cualquier cantidad de gatos en la casa.
Le cortaron el agua, la luz y el gas porque no pagaba y un día tiró un televisor por la ventana en un ataque de ira.
También traía desconocidos a la casa. Una vez se bajó los pantalones en la calle, cerca de la entrada, se puso en cuclillas y allí nomás defecó. Por suerte yo no estuve presente en dicho evento.
Por todos sus escándalos, a veces lo llevaban preso, otras lo internaban en el Borda, pero siempre retornaba. Finalmente no volvió más y no sabemos si vive ni donde está.
El departamento que ocupaba, que era de unos familiares, tuvo que ser sometido a una muy especial desinfección y limpieza con personal especializado. Los que se encargaron de hacer esa labor estaban horrorizados. Decían que nunca se habían topado con un lugar como ese.
Con la desaparición de Martín, respiramos aliviados frente al novedoso clima de paz que produjo su ausencia. Pensamos, ingenuamente, que ya nada más alteraría la tranquilidad de nuestro edificio.
Con la desaparición de Martín, respiramos aliviados frente al novedoso clima de paz que produjo su ausencia. Pensamos, ingenuamente, que ya nada más alteraría la tranquilidad de nuestro edificio.
Pero las cosas cambiaron súbitamente. Hace pocos meses, recibimos una sorpresa siniestra de otros vecinos. Todo el barrio se sacudió y fue noticia importante en los diarios.
Doble suicidio: Una madre y su hijo se arrojan de un piso 11º
Ambos se arrojaron desde el undécimo piso de un edificio ubicado en el barrio de Retiro. Primero se suicidó la mujer y luego, hizo lo mismo su hijo. El trágico hecho ocurrió ayer por la mañana, cuando la mujer, por causas que se tratan de establecer, se quitó la vida tirándose desde su departamento ubicado en el piso 11. Según trascendió, poco después llegó su hijo, advertido por la policía de este lamentable suceso, quien en un descuido del personal policial que se encontraba en el lugar, también adoptó la misma decisión de su madre y se arrojó al vacío.
Todo fue así como se relata en el diario.
Es muy difícil olvidar lo ocurrido aquel día.
La mujer se arrojó al vacío alrededor de las ocho de la mañana y el hijo lo hizo, media hora más tarde.
Yo pude ver los cuerpos de ambos desde la ventana de mi consultorio y Alejandro, mi marido, fue testigo presencial del suicidio del hijo. Él estaba parado en la entrada de nuestro edificio, con los ojos dirigidos hacia el cuerpo de la madre, cuando escuchó un estruendo: era el ruido que hizo el cuerpo del hijo al caer desde esa altura.
La madre cayó de espaldas, boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos en cruz. Estaba muy hermosa, con el pelo suelto, descalza, medio desnuda y sin ningún signo externo de traumatismo. Parecía estar durmiendo.
El hijo, un bello Adonis de inciertos 35 ó 40 años, se precipitó boca abajo y cayó casi encima de ella con los brazos abiertos. Era posible imaginar un último gran abrazo mortal.
Me acordé de Martín, que tiró el televisor por la ventana, y de los vecinos que se lanzaron del piso once, porque acabo de ver al camión de mudanzas. ¿Qué arrojarán los nuevos ocupantes?
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