domingo, 10 de agosto de 2014
Contactos en la red
Como una de mis hijas vive en el exterior, me uní a Facebook hace algunos años y es una herramienta que me pone en comunicación con ella.
Por supuesto, nos enviamos mails para las cosas más privadas. Pero es otro el disfrute que me genera leer todo lo que intercambia con sus amigos. Ella es muy graciosa y me resulta muy divertido encontrarme con sus comentarios en castellano y en inglés. En su muro hay fotos y videos de las hijas, o sea, mis nietas, con las que también me comunico a través de esa vía.
Poco a poco empezaron a aparecer pedidos de amistad de colegas, de amigos de mi hija y de amigos de amigos. Se creó una red de más de doscientas personas con las que también dialogamos e intercambiamos mucha información.
Supe que mucha gente, a través de Facebook, se habían reencontrado con amigos y compañeros de la escuela primaria, secundaria y de la Facultad, que estaban diseminados por el mundo.
Intenté imitar lo que otros habían logrado.
Me puse en campaña, buscando a aquellos cuyos nombres recordaba y en especial a antiguos novios.
No encontraba a ninguno de mis conocidos de épocas remotas. Por lo visto, a los que formaron parte de mi entorno de aquellos años, no les interesó ingresar a esta red social.
Renuncié a seguir investigando y azarosamente la descubrí. Allí estaba su nombre y apellido.
Estaba segura de que se trataba de la misma Katia, una compañera de primero y segundo año de la escuela secundaria. Además leí, en los datos biográficos de su muro, que había cursado en el mismo Liceo de Señoritas al que yo asistí. No figuraba la edad, pero ese es un dato que habitualmente las mujeres no decimos y menos en Facebook.
La recordaba muy bien porque ella tenía el promedio más alto de la división. Yo tenía notas muy buenas en todas las materias, pero nunca lograba superarla, siempre quedaba en el segundo puesto.
Además ella era alta, esbelta y bellísima, como yo me la imaginaba a Blancanieves, de piel muy blanca, ojos color turquesa y cabello negro azabache que llevaba atado con una larga y espesa trenza. Ya era una mujer a sus trece años. Todas las compañeras la admiraban y la consideraban una diosa.
En cambio, yo, petisa y un poco gordita, parecía una nena de menor edad.
No compartíamos nada, apenas nos saludábamos e intercambiábamos muy pocas palabras.
Cuando cursábamos segundo año, nos enteramos que Katia tenía novio, un amigo de su hermano, catorce años mayor que ella y que iban a casarse.
Para acelerar el trámite, ella decidió dar libre tercero, durante las vacaciones de verano, luego cursar cuarto y por último rendir libre quinto. Con ese plan podía terminar la escuela secundaria a los quince. Luego, además de casarse, iría a la Universidad.
La idea de escapar cuanto antes del Liceo de señoritas me resultó muy seductora y decidí imitarla. Así podría ingresar a la Facultad de Medicina y entrar a un mundo con hombres.
Terminado el colegio, no supe nada más de ella. Como ya dije, no eramos amigas.
Cuando la descubrí, después de tanto tiempo, decidí enviarle un mensaje privado, por Facebook. Me contestó al día siguiente, se acordaba muy bien de mí y de nuestra aventura de los años libres y la entrada a la Universidad a los quince.
Iniciamos un diálogo a través de mails. Nos contábamos todos los sucesos de nuestras vidas. Hablábamos de nuestras carreras profesionales, de los maridos, los hijos, los nietos y de los libros que leíamos.
¡Teníamos tantos temas que nos interesaba compartir!
Este apasionado romance epistolar duró varios meses, hasta que se me ocurrió la idea de vernos y dialogar en forma presencial.
Katia me invitó a su casa a tomar el té.
Le sugerí que intercambiáramos fotos nuestras de la época del colegio. Yo conservaba un recuerdo muy nítido de su hermoso rostro y de su físico privilegiado y buscaba comprobar si mi memoria no me engañaba.
Preparé una torta y compré un libro para regalarle. Fui a la peluquería y me vestí muy bien, como si me fuera a encontrar con un antiguo amante.
La foto que Katia encontró, de sus quince años, coincidía totalmente con la imagen que yo evocaba, pero la anciana encorvada, de cabellos grises y que caminaba trabajosamente con un andador, era una perfecta desconocida. Quise escapar rápido de esa casa.
Probablemente, ella sintió algo parecido cuando me vio.
Fue una muy mala idea salir de nuestros apasionados diálogos adolescentes por Internet.
Sara Zusman de Arbiser
Agosto 2014
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario