jueves, 6 de septiembre de 2012

Las comadres del cuento: Sarita

Las comadres del cuento: Sarita
                        
 LA MÁQUINA DE HACER PAN    


     Cuando llegó el folleto con las ofertas de la tarjeta de crédito y descubrí que tenía suficientes puntos como para poder canjearlos por la máquina de hacer pan, me decidí.
     Soy muy gasolera, no iba a invertir  dinero en esa compra, pero si la conseguía gratis me lanzaría a la aventura de fabricar pan.
     Para muchos, ese proyecto podría parecer ridículo. ¿Para qué invertir tiempo, que es lo más valioso que tenemos en hacer pan que  se puede comprar muy fácilmente en panaderías y supermercados?
     A pesar de que no soy presa fácil para quedar embaucada por publicidades, ese artefacto logró seducirme.  Cuando me enteré de que existía empecé a pensar en la posibilidad de tenerlo.
     Dudé bastante, pero al final me decidí. Había tanta gente que lo tenía, ¿por qué yo no? Así que lo encargué y después de una angustiosa espera de una semana, finalmente encontró un lugar de privilegio en mi casa.
     Recuerdo el día que llegó, hizo su aparición en una caja inmensa que yo no podía sostener con mis manos. No era muy pesado, pero necesitaba ese tamaño descomunal para poder ser embalado de tal manera que no recibiera golpes durante el traslado, ya que era un poco delicado su funcionamiento.
     La apertura de la enorme caja me emocionó. Fue una gran ceremonia. Lentamente, empecé a sacar todo eso que se suele poner en las mudanzas para que las cosas frágiles no se rompan.
     Su llegada provocó consecuencias parecidas a las que suceden cuando una persona se va a vivir a otro lugar, ya que esa posesión cambiaría bastante las rutinas y los objetivos de mi vida.
     Después de la gran emoción que sentí cuando lo desembalé,  quería empezar a usarlo.
     Inesperadamente me invadió el terror, ya que no era tan fácil el manejo como me había parecido de acuerdo con las propagandas, que había leído ávidamente durante varios meses antes de decidirme a encargarlo.
     Es muy difícil olvidar que  atravesé mi infancia escuchando: ¡“chepe nisht”!, a cada rato.  Es complicado traducir esta expresión idiomática en Yidish. Su significado es algo así como: ¡no toques!, en un tono imperativo y donde tocar era equivalente a molestar.   
     Se trataba de uno de los mandamientos de mi papá y que abarcaba gran cantidad de ítems.  Era una mezcla de sobreprotección y descalificación con un fuerte toque machista, ya que a mamá y a mis dos hermanas, también las afectaba ese decreto.
     El mensaje que recibíamos era que a los aparatos, cualquiera de ellos,  los podíamos romper. Si manejábamos el auto corríamos el riesgo de  matar o matarnos. Esos eran dominios exclusivos del hombre de la casa.
     Como no tuve hermanos varones, no sé como podría haber sido su conducta con un hijo macho.
     Cuando ya estaba a punto de  tirar la caja con todo lo que lo había acompañado, descubrí, entre ese enorme lío de papeles y cartones, un cuadernillo que era un manual de instrucciones con explicaciones  bastante confusas.
     Leí durante varios días  ese folleto que me aclaró muy pocas dudas.
     Pasaba largas horas observando cada uno de los comandos que había que oprimir escritos  en  inglés. Eso me sorprendió ya que yo sabía que era de industria argentina. Así que no me explicaba por qué no estaban en castellano. Me imaginé que podría ser una copia local de un  original extranjero.
     Decidí  buscar en Internet.  Le pregunté a Google, que es el que siempre me da la  información precisa.  Me conecté con “El club de la máquina de hacer pan”, que contaba con cualquier cantidad de integrantes, mujeres y hombres, la mayoría de ellos con muchas incertidumbres y unos pocos, ya veteranos, que transmitían toda su sabiduría y muchos trucos personales para fabricar pan.  
     Finalmente, con todo ese apoyo, pude entender la manera de aproximarme a él con cierta tranquilidad y sin miedo a provocar algún desastre.
     La primera vez que lo hice funcionar  y armé mi primer pan vigilé todo el proceso paso a paso. Durante tres horas y cuarenta minutos espié el interior del aparato con una linterna. Logré ver que primero  amasaba, luego levaba, un segundo amasado, otra levada, un tercer amasado, una tercera levada y recién en la hora  final  cocinaba. El pan crecía y crecía todo el tiempo, como un bebé en el útero.
     Puede parecer poco creíble  pero yo me enamoré de él. Entré en un estado de euforia pasional ya que, milagrosamente, había dejado de obedecer la orden de “¡chepe nisht!” 
     Hacer pan se transformó en una necesidad imperiosa, casi en una adicción.
     Me dijeron que después de un tiempo mi entusiasmo se iba a enfriar y terminaría abandonando el aparato, pero no fue así, la  pasión seguía creciendo día a día.
     Todas las mañanas, lo primero que hacía al despertarme, era ir rápido a mirar y acariciar ese prodigio.               
     A veces tenía pesadillas que me despertaban aterrorizada. Soñaba que mi mamá entraba con un bate de béisbol y lo rompía en pedazos.  Ella estaba furiosa, decía que el reino de la cocina era suyo y yo me había atrevido a meterme en sus dominios.
     Toda la escena parecía tan real, que después de despertarme y comprobar que no era cierto, estaba largo rato sollozando, no podía olvidar las imágenes de mi sueño.
     Era un amor incondicional. Él respondía a  mi extrema devoción con los resultados que conseguíamos con nuestra alianza tan provechosa.
     Fabriqué a un ritmo vertiginoso gran cantidad de panes salados y dulces, tortas, budines, pancitos y pizzas. Hacer pan era un ritual necesario para  seguir adelante con mi vida. Mi casa se convirtió en una panadería.               
     El romance se mantuvo con la misma pasión durante mucho tiempo hasta que sucedió algo inesperado.
     Él me falló totalmente el día que se cortó la electricidad.   



                                           SARA ZUSMAN DE ARBISER

                                           JULIO 2012

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