miércoles, 21 de diciembre de 2011

CENICIENTA ES LA CULPABLE

Noticia del día 20/12/11 publicada en el Diario La Nación

Los tacos, un reflejo de la economía

    Según un estudio realizado, por la crisis las mujeres usan calzados más bajos y cómodos, y abandonan los zapatos altos.
    Para leer el artículo completo ver:  


      Miden los vaivenes de la economía de acuerdo a la altura de los tacos de los zapatos que usan las mujeres.
     Señalan, que de acuerdo a una investigación realizada por IBM, en épocas de bonanza las mujeres calzan sus tacos todo el día mientras que durante las crisis prefieren los zapatos bajos.
     Con las noticias importantes que hay para informar, usan cerca de media página del diario para ocuparse de semejante estupidez. Además, esas conclusiones son totalmente erróneas.
      El tema del pie femenino y su calzado arranca con el cuento de Cenicienta.
      Es uno de los relatos más antiguos de la tradición oral. Su historia se encontró en Egipto, China, Francia, Alemania, etc., con nombre cambiado. Tiene más de 340 variantes y es posible seguirle el rastro hasta el año 850-60 después de Cristo, fecha en que se recogió por escrito la  primera versión que nos permitiría ubicar su origen en China, donde se practicaba el vendaje de los pies de las mujeres para que no crecieran.
       Esos pies diminutos, destruidos en forma tan salvaje, eran considerados un signo de elegancia. El significado más profundo de esta práctica era impedir que las mujeres pudieran moverse libremente. Quedaban lisiadas para la vida.
        Este es un relato universal que sólo se les cuenta a  las nenas y no a los varones, desde aquellos  tiempos lejanos hasta nuestros días. Su contenido impregnó la psicología femenina. Son la base de argumentos de novelas y películas románticas,  generando consecuencias diversas.
         En Occidente no se vendan los pies para que no crezcan, pero la idea de la elegancia del pie pequeño existió durante mucho tiempo.
         Las mujeres, aún las del siglo XX y XXI, siempre usaron zapatos incómodos: muy chicos, con hormas muy angostas y en punta, con tacos muy altos y finitos o con plataformas inmensas. Padecían y siguen padeciendo, muchas de ellas, de juanetes, dedos en martillo o metatarso vencido.  Muchas se fracturaban/an distintas partes del cuerpo por las caídas de los tacos y plataformas, ya que era/es bastante difícil mantener el equilibrio con ese débil sostén.
         En la actualidad, los pies de las mujeres se han rebelado bastante a estas torturas con el calzado, las chicas jóvenes usan taco bajo y zapatillas; ojotas y sandalias en verano.  Pero reconocemos otras formas de ataque al sexo femenino y que las mujeres aceptan alegremente: los concursos de belleza y las cirugías estéticas y que cada vez se hacen a más temprana edad
        Cuando parecía que nada más podía decirse acerca de este tema, vi un anuncio en un diario, que hablaba de un invento reciente, zapatos de mujer con taco alto plegable. Es decir, si la señora o señorita tiene que manejar, pliega los tacos,  pero los despliega antes de bajar del auto.   ¿Alguna mujer los habrá comprado? Me imagino lo inseguro que debe ser caminar con ese calzado.
         También existen las "Stilettos run", competencias que se pueden ver a través de sus videos, en la web.
         Son mujeres mayores de 18 años que corren en una carrera de 100 metros subidas a zapatos con taco aguja (stilettos) de no menos de 7,5 cms.
          Como se deben imaginar, muchas participantes se caen y  lastiman.  Se producen contusiones, esguinces y fracturas.
          La recompensa para la que triunfa en esta prueba son 10.000 euros en ropa  elegida por la revista patrocinante.  No figuran cláusulas acerca de si la ganadora debe quedar ilesa o puede reclamar su premio con  traumatismos diversos.
          Este no es un cuento chino de hace más de mil años. Todo esto ocurre en la actualidad, en países occidentales y civilizados, que se dedican a investigar porque las mujeres deciden usar zapatos bajos y cómodos y lo atribuyen a una crisis económica.
      

sábado, 10 de diciembre de 2011

VECINOS

       Vivo en el mismo departamento desde que me casé.  Eso ocurrió hace  muchos años. Los vecinos de nuestra casa fueron cambiando durante ese largo tiempo.
       Se trata de un edificio de trece pisos y sesenta y siete departamentos. Es imposible registrar a todos sus ocupantes y sus mudanzas.            
       Algunos personajes, que nunca olvidaremos, fueron especialmente significativos.
       Primero fue Martín, que vivía en el cuarto piso, casi pegado a nuestro departamento, y al que padecimos durante muchos años. Borracho, sucio, con cualquier cantidad de gatos en la casa.
       Le cortaron el agua, la luz y el gas porque no pagaba y un día tiró un televisor por la ventana en un ataque de ira.
      También traía desconocidos a la casa. Una vez se bajó los pantalones en la calle, cerca de la entrada, se puso en cuclillas y allí nomás defecó.  Por suerte yo no estuve presente en dicho evento.
       Por todos sus escándalos, a veces lo llevaban preso, otras lo internaban en el Borda, pero siempre retornaba.  Finalmente no volvió más y no sabemos si vive ni donde está.  
       El departamento que ocupaba, que era de unos familiares, tuvo que ser sometido a una muy especial desinfección y limpieza  con personal especializado. Los que se encargaron de hacer esa labor estaban horrorizados. Decían que nunca se habían topado con un lugar como ese.   
       Con la desaparición de Martín,  respiramos aliviados frente al novedoso clima de  paz que produjo su ausencia.  Pensamos, ingenuamente,  que  ya nada más alteraría la tranquilidad de nuestro edificio.
       Pero las cosas cambiaron súbitamente. Hace pocos meses, recibimos una  sorpresa siniestra de otros vecinos.  Todo el barrio se sacudió y fue noticia importante en los diarios.  

     Doble suicidio: Una madre y su hijo se arrojan de un piso  11º
      Ambos se arrojaron desde el undécimo piso de un edificio ubicado en el barrio de Retiro. Primero se suicidó la mujer y luego,  hizo lo mismo su hijo. El trágico hecho ocurrió ayer por la mañana, cuando la mujer, por causas que se tratan de establecer, se quitó la vida tirándose desde su departamento ubicado en el piso 11. Según trascendió, poco después llegó su hijo, advertido por la policía de este lamentable suceso, quien en un descuido del personal policial que se encontraba en el lugar, también adoptó la misma decisión de su madre y se arrojó al vacío. 

        Todo fue así como se relata en el diario.
        Es muy difícil olvidar lo ocurrido aquel día.
        La mujer se arrojó al vacío alrededor de las ocho de la mañana y el hijo lo hizo, media hora más tarde.
        Yo pude ver los cuerpos de ambos desde la ventana de mi consultorio y Alejandro, mi marido, fue testigo presencial del suicidio del hijo.  Él  estaba parado en la entrada de nuestro edificio, con los ojos dirigidos  hacia el cuerpo de la madre,  cuando  escuchó un estruendo: era el ruido que hizo el cuerpo del hijo al caer desde esa altura.  
        La madre cayó de espaldas, boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos en cruz. Estaba muy hermosa, con el pelo suelto, descalza, medio desnuda y sin ningún signo externo de traumatismo. Parecía estar durmiendo.
      El hijo, un bello Adonis de inciertos 35 ó 40 años,  se precipitó boca abajo y cayó casi encima de ella  con los brazos abiertos. Era posible imaginar un último gran abrazo mortal. 
       Me acordé de Martín, que tiró el televisor por la ventana, y de los vecinos que se lanzaron del piso once, porque acabo de ver al camión de mudanzas.  ¿Qué arrojarán los nuevos ocupantes?





jueves, 24 de noviembre de 2011

Hanna y sus hermanas

    
No confundirse con el título porque no voy a hablar de  Woody Allen y su filmografía
    Hanna, en realidad es Jane o Janele o Any, como prefieran llamarla.   Ella es la menor de las hermanas, otra diferencia con la película.
     Yo soy Sara, Sari o Sarita, la mayor y Aída o Itke es la del  medio.
      Acostumbramos reunirnos las tres solas, como uno de los festejos de nuestros cumpleaños.  La cita es en una confitería y a la hora del té, pero como no somos inglesas y nuestra infancia transcurrió en el barrio de Flores, decimos que “vamos a tomar la leche”.
      En cada encuentro, nos detenemos bastante en los tiempos pasados, protagonistas principales de nuestra charla. Un detalle curioso es que la mamá y el papá, que cada una de nosotras recuerda,  no son los mismos.  
      De acuerdo a la mitología familiar, yo fui la rebelde, la más castigada, la que siempre estaba en la calle o en la casa de otros chicos. Mis hermanas eran muy obedientes.
      Otro tema que circula en nuestros parloteos es el de las recetas de cocina, qué y dónde  hacemos nuestras compras de comestibles y otras menudencias y quién paga más barato.
       Mi mamá era una gran cocinera y  mis dos hermanas heredaron esa vocación. 
        En nuestra última reunión saltó un tema nuevo y un gran interrogante: ¿cuánto tiempo se pueden conservar bien los alimentos?
        Fue en esas circunstancias que me enteré de que Aída, con nombre de ópera y química de profesión, guardaba en su freezer  varios “jales” o roscas trenzadas, que había hecho  nuestra progenitora.
        Contó que hace poco tiempo sacó uno y lo comieron.
         - Estaba bastante rico. ¿Querés probarlo?, te regalo uno de los  panes, dijo.
        Un detalle que conviene saber es que mamá falleció hace nueve años.
        Frente a mis expresiones de asombro y asco, con una gran sonrisa afirmó:
  - En la antigüedad los egipcios guardaron semillas en las pirámides junto con las momias de los faraones. Estuvieron allí miles de años y después de todo ese tiempo se sembraron con muy buenos resultados.
      Con ese argumento, que presentó como si fuera una evidencia indiscutible de la posibilidad de comer los panes de mamá, se creyó triunfadora.
       Aída, química de profesión, por el afán de defender la idea de que se podían comer los jales de más de nueve años de existencia,  "olvidó" que un alimento que se prepara con harina, agua, azúcar y manteca, es un producto perecedero.
       
       
       
         

martes, 15 de noviembre de 2011

Otra vez un taxi

    A pesar de haber proclamado a los cuatro vientos que nunca más me subiría a un taxi, reincidí. Me convencí que era prácticamente imposible que me volviera a encontrar con un chofer que actuara con las mismas torpezas que aquél que se cruzó en mi camino ese viernes fatídico.
    Efectivamente, por ahora, no encontré a ninguno igual ni parecido.
    Pero, las circunstancias insólitas de la vida no suelen ser las ya conocidas. Siempre hay alguien que puede sorprendernos de una forma inesperada.  
    Paso a relatar la historia. Salgo hoy a la mañana, apurada; tengo que caminar algunas cuadras, pero estoy calzada con tacos muy altos.
    Llego hasta la esquina de Posadas y decido tomar un taxi. Subo, saludo y le indico al conductor:
    - Tome hasta Rodríguez Peña, doble allí hasta Guido y cruzando Guido me bajo.
     Mis palabras provocaron una reacción de cólera bastante difícil de entender. Empezó a increparme duramente. Me dijo:
    - ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿Por qué me dice todo el recorrido? Ud. me tenía que decir Rodríguez Peña y Guido y nada más. El resto lo hago yo sólo. ¡Qué falta de educación!
     Me quedé pensando unos segundos y recordé al otro chofer, el que me pidió muy amablemente que le indicara el recorrido y después casi me arranca una pierna. 
     ¿Cuál podía ser mi destino con este energúmeno que gritaba desaforadamente? Yo había procedido de una manera tan incorrecta, de acuerdo a sus cánones. ¿Me bajaba del auto o seguía hasta el final de mi recorrido? Decidí arriesgarme.
       Como él quería discutir, yo no le iba a dar el gusto. Con una voz muy suave le dije:
       - Pero, señor, tan temprano y ya discutiendo.
       Pensé, equivocadamente, que mis palabras conciliadoras lo sedarían.  Grave error, mi tranquilidad lo enardeció más.
       Atacó nuevamente:
      - La que empezó fue Ud., con esa actitud de mando, diciendo lo que yo tenía que hacer. ¿Acaso, cuando yo voy a una confitería,  le digo al mozo el agua tiene que estar así o asá!
       Yo vuelvo a intervenir y retruco: 
      - Yo sí le digo al mozo que quiero que me traiga agua bien fría. 
      Su cara se inflama y vocifera:
      - Estoy hablando del agua del café.
      -  Ah, digo yo, el café lo pido bien caliente.
      Muy furioso, agrega:
      - Pero, ¿qué dice? El café no se toma bien caliente, ellos saben como debe hacerse, cuál es la temperatura justa.
      - Bueno, sigo yo, - Ud tómelo a la temperatura que ellos lo hacen. Yo lo pido y lo tomo muy caliente.
     Él siguió con sus alaridos:
     - ¡Todos se creen caciques que pueden mandar y que debemos cumplir sus órdenes!
     Finalmente, llegamos. Me bajé muy contenta, ya que este personaje me había dado letra para escribir una  historia.





 
        

jueves, 3 de noviembre de 2011

Caer parado

    Después de mi experiencia alucinante con el chofer despistado, me he negado sistemáticamente  a volver a arriesgarme con otro taxi.
    Acerca de los colectivos y sus conductores mucha tinta fue usada contando atrocidades padecidas por los sufridos pasajeros.
    Para los trayectos cortos, no había drama ya que caminar siempre fue mi opción ideal, saludable para el cuerpo y para el bolsillo.
    Pero el enigma a resolver era cuáles podrían ser mis opciones para trasladarme a lugares  lejanos sin tener que hacer maratones diarias.
    Usar el auto fue descartado tiempo atrás, después de haberme quedado prisionera en el medio de un piquete durante horas o de no haber podido encontrar lugar para estacionar y recuperar mi libertad.
    Después de una larga noche en que no pegué un ojo sumergida en un laberinto de dudas y cavilaciones obsesivas me dispuse a desayunar y a leer el diario. Una noticia en primera plana cambió el rumbo de mis pensamientos

Cayó de un séptimo piso y se salvó

       El niño, de 7 años, se asomó a un balcón francés para llamar a su madre; sólo se fracturó las piernas. 
 ...  La madre bajó con el más pequeño a un quiosco, y el mayor se quedó en el departamento.
 ..."Lo vi que se asomó por el balcón y lo escuché gritar y llamar a la mamá", contó un obrero que trabaja frente al edificio donde ocurrió el accidente. "Me fui para adentro unos segundos y, cuando salí, no lo podía creer; lo vi caer los siete pisos",
... cayó desde el balcón francés protegido por una reja y ubicado en uno de los laterales del edificio, y se golpeó contra el piso en una cochera, tras haber sido amortiguada la caída por un techo, probablemente un toldo.
...  La caída se produjo desde 21 metros aproximadamente. Cayó parado. "Tiene dos fracturas en los miembros inferiores, sin daño interno".
    Después de leer la noticia del diario recordé una anécdota que mi mamá siempre contaba.
   Unas horas después de mi nacimiento, que se produjo en un hospital público, ella y yo dormíamos juntas en la misma cama. De pronto  apareció una enfermera.  Levantó violentamente las cobijas, yo quedé enredada entre  las mantas y me fui al suelo. Mi mamá pensó que mi vida  había concluído y se desmayó.    
     Cuenta la leyenda  que caí parada  y milagrosamente sin ninguna lesión.  Suelen hacerme bromas afirmando que quedé petisa por ese motivo.
     Dicen que los gatos caen así y por eso tienen siete vidas. Ya gasté  varias.
   

viernes, 28 de octubre de 2011

Una aventura inesperada

    
    
       Finalmente, después de pensarlo mucho, tomé la decisión de contar  esta historia con la mayor fidelidad posible, para los que estén dispuestos a escuchar.
     No me resulta nada fácil volver sobre mis recuerdos y  transmitir coherentemente el curso de los acontecimientos, ya que los hechos se sucedieron en una forma caótica.
     Hace exactamente una semana, el viernes pasado a las 11 de la mañana, después de dar una clase, decidí tomar un taxi para volver a mi casa.
     Habitualmente hago ese trayecto caminando, no son muchas cuadras y me gusta mover un poco las piernas después de estar dos horas sentada y hablando.
    Pero ese día cambié mi rutina porque llevaba cosas muy pesadas: la computadora portátil y varios libros. Además estaba congelándome ya que soplaba un viento muy frío y nubes negras anunciaban una tormenta inminente. 
    Sabemos que cuando se inicia la lluvia desaparecen los taxis, pero milagrosamente apareció frente a mí  uno con la banderita roja y rápidamente lo tomé, muy contenta de tener tan buena suerte. 
    Más tarde descubrí que en realidad fue una mala jugada del destino subirme a ese vehículo. La aventura empezó cuando el conductor,  un hombre muy feo y totalmente pelado con su calva lustrosa, poco después de arrancar, me pidió que lo guiara.  
    Las cosas empezaban a pintar mal porque, como ya dije, eran pocas cuadras  y parecía increíble que un chofer de taxi no conociera esa zona.   Se disculpó:
     _Sabe, soy nuevo en esto. 
     Sentí un poco de compasión y pensé que podía darle un voto de confianza y además sabía que si me bajaba difícilmente conseguiría otro auto porque ya estaba lloviendo.  Lo traté muy amablemente y le indiqué con mucha paciencia todos los pasos a seguir.
     Pero se presentaron otros inconvenientes, cuando yo le decía ahora doble a la derecha, él se iba para la izquierda y así sucesivamente.
     Como se podrán imaginar, las cosas con ese señor tan feo y tan despistado siguieron de mal en peor.
     El tráfico estaba muy denso y el  chofer parecía que buscaba estrellarse contra todos los colectivos, pero milagrosamente llegamos a nuestro destino, sanos y salvos.
     Respiré tranquila ya que parecía un final feliz de esta aventura inesperada con un automovilista tan inexperto, pero fueron vanas ilusiones.
     Mientras pagaba, el pelado agradeció mi paciencia y la ayuda recibida. Quería seguir hablando y contarme sus cuitas pero yo saludé y bajé muy rápidamente.
     Apenas apoyé mis dos piernas en tierra firme, estando todavía de espaldas y antes de que girara el cuerpo para poder cerrar la puerta  del auto, sentí un fuerte apretón y un gran dolor en mi pierna derecha y en una fracción de segundo reconocí que quedé atrapada por la rueda trasera del taxi que se estaba moviendo y me tenía prisionera.
     Quise ver qué estaba pasando y sólo pude girar mi cabeza ya que el resto del cuerpo no lo podía desplazar.  Descubrí el secreto de mi cautiverio: el fulano, además de feo, pelado e ignorante de las calles era un  despistado total que había arrancado intempestivamente.
       Podrán imaginarse mi desesperación ya que estaba a punto de perder una pierna y mis gritos desaforados se escucharon a tres cuadras a la redonda.
      En ese momento se produjeron varios milagros.
      El primero, apareció un policía, que crean o no, estaba precisamente parado en esa esquina. Me oyó, vio lo que ocurría y también gritó.
      El segundo, fue algo maravilloso e increíble: ¡el pelado escuchó, entendió  y frenó!  
      Pero yo no podía sacar la pierna atrapada por la rueda. Había que mover el coche para que pudiera liberarme.  Mi héroe, el vigilante, no podía levantar el auto, ya que lamentablemente no tenía la fuerza de Superman, pero sabía manejar  e indicó con mucha autoridad:
      _ Hacé marcha atrás, pero sólo mové el auto apenas.
      En esos momentos, a pesar de ser atea, le recé a todos los dioses de todas las religiones para que el monstruo que estaba frente al volante no hiciera la maniobra contraria  a la que le indicaban y se llevara por delante mi pierna.
     Y se produjo el último milagro.  El  pelado  interpretó correctamente las instrucciones recibidas y obedeció.
      Trabajosamente pude recuperar esa parte de mi cuerpo que ya daba por perdida. Como calzaba botas altas salí sin ningún rasguño y con las dos piernas completas. Un último detalle: mi bota italiana, muy cara,  tampoco se lastimó.
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