No confundirse con el título porque no voy a hablar de Woody Allen y su filmografía
Hanna, en realidad es Jane o Janele o Any, como prefieran llamarla. Ella es la menor de las hermanas, otra diferencia con la película.
Yo soy Sara, Sari o Sarita, la mayor y Aída o Itke es la del medio.
Acostumbramos reunirnos las tres solas, como uno de los festejos de nuestros cumpleaños. La cita es en una confitería y a la hora del té, pero como no somos inglesas y nuestra infancia transcurrió en el barrio de Flores, decimos que “vamos a tomar la leche”.
En cada encuentro, nos detenemos bastante en los tiempos pasados, protagonistas principales de nuestra charla. Un detalle curioso es que la mamá y el papá, que cada una de nosotras recuerda, no son los mismos.
De acuerdo a la mitología familiar, yo fui la rebelde, la más castigada, la que siempre estaba en la calle o en la casa de otros chicos. Mis hermanas eran muy obedientes.
Otro tema que circula en nuestros parloteos es el de las recetas de cocina, qué y dónde hacemos nuestras compras de comestibles y otras menudencias y quién paga más barato.
Mi mamá era una gran cocinera y mis dos hermanas heredaron esa vocación.
En nuestra última reunión saltó un tema nuevo y un gran interrogante: ¿cuánto tiempo se pueden conservar bien los alimentos?
Fue en esas circunstancias que me enteré de que Aída, con nombre de ópera y química de profesión, guardaba en su freezer varios “jales” o roscas trenzadas, que había hecho nuestra progenitora.
Contó que hace poco tiempo sacó uno y lo comieron.
- Estaba bastante rico. ¿Querés probarlo?, te regalo uno de los panes, dijo.
Un detalle que conviene saber es que mamá falleció hace nueve años.
Frente a mis expresiones de asombro y asco, con una gran sonrisa afirmó:
- En la antigüedad los egipcios guardaron semillas en las pirámides junto con las momias de los faraones. Estuvieron allí miles de años y después de todo ese tiempo se sembraron con muy buenos resultados.
Con ese argumento, que presentó como si fuera una evidencia indiscutible de la posibilidad de comer los panes de mamá, se creyó triunfadora.
Aída, química de profesión, por el afán de defender la idea de que se podían comer los jales de más de nueve años de existencia, "olvidó" que un alimento que se prepara con harina, agua, azúcar y manteca, es un producto perecedero.
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