jueves, 24 de noviembre de 2011

Hanna y sus hermanas

    
No confundirse con el título porque no voy a hablar de  Woody Allen y su filmografía
    Hanna, en realidad es Jane o Janele o Any, como prefieran llamarla.   Ella es la menor de las hermanas, otra diferencia con la película.
     Yo soy Sara, Sari o Sarita, la mayor y Aída o Itke es la del  medio.
      Acostumbramos reunirnos las tres solas, como uno de los festejos de nuestros cumpleaños.  La cita es en una confitería y a la hora del té, pero como no somos inglesas y nuestra infancia transcurrió en el barrio de Flores, decimos que “vamos a tomar la leche”.
      En cada encuentro, nos detenemos bastante en los tiempos pasados, protagonistas principales de nuestra charla. Un detalle curioso es que la mamá y el papá, que cada una de nosotras recuerda,  no son los mismos.  
      De acuerdo a la mitología familiar, yo fui la rebelde, la más castigada, la que siempre estaba en la calle o en la casa de otros chicos. Mis hermanas eran muy obedientes.
      Otro tema que circula en nuestros parloteos es el de las recetas de cocina, qué y dónde  hacemos nuestras compras de comestibles y otras menudencias y quién paga más barato.
       Mi mamá era una gran cocinera y  mis dos hermanas heredaron esa vocación. 
        En nuestra última reunión saltó un tema nuevo y un gran interrogante: ¿cuánto tiempo se pueden conservar bien los alimentos?
        Fue en esas circunstancias que me enteré de que Aída, con nombre de ópera y química de profesión, guardaba en su freezer  varios “jales” o roscas trenzadas, que había hecho  nuestra progenitora.
        Contó que hace poco tiempo sacó uno y lo comieron.
         - Estaba bastante rico. ¿Querés probarlo?, te regalo uno de los  panes, dijo.
        Un detalle que conviene saber es que mamá falleció hace nueve años.
        Frente a mis expresiones de asombro y asco, con una gran sonrisa afirmó:
  - En la antigüedad los egipcios guardaron semillas en las pirámides junto con las momias de los faraones. Estuvieron allí miles de años y después de todo ese tiempo se sembraron con muy buenos resultados.
      Con ese argumento, que presentó como si fuera una evidencia indiscutible de la posibilidad de comer los panes de mamá, se creyó triunfadora.
       Aída, química de profesión, por el afán de defender la idea de que se podían comer los jales de más de nueve años de existencia,  "olvidó" que un alimento que se prepara con harina, agua, azúcar y manteca, es un producto perecedero.
       
       
       
         

martes, 15 de noviembre de 2011

Otra vez un taxi

    A pesar de haber proclamado a los cuatro vientos que nunca más me subiría a un taxi, reincidí. Me convencí que era prácticamente imposible que me volviera a encontrar con un chofer que actuara con las mismas torpezas que aquél que se cruzó en mi camino ese viernes fatídico.
    Efectivamente, por ahora, no encontré a ninguno igual ni parecido.
    Pero, las circunstancias insólitas de la vida no suelen ser las ya conocidas. Siempre hay alguien que puede sorprendernos de una forma inesperada.  
    Paso a relatar la historia. Salgo hoy a la mañana, apurada; tengo que caminar algunas cuadras, pero estoy calzada con tacos muy altos.
    Llego hasta la esquina de Posadas y decido tomar un taxi. Subo, saludo y le indico al conductor:
    - Tome hasta Rodríguez Peña, doble allí hasta Guido y cruzando Guido me bajo.
     Mis palabras provocaron una reacción de cólera bastante difícil de entender. Empezó a increparme duramente. Me dijo:
    - ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿Por qué me dice todo el recorrido? Ud. me tenía que decir Rodríguez Peña y Guido y nada más. El resto lo hago yo sólo. ¡Qué falta de educación!
     Me quedé pensando unos segundos y recordé al otro chofer, el que me pidió muy amablemente que le indicara el recorrido y después casi me arranca una pierna. 
     ¿Cuál podía ser mi destino con este energúmeno que gritaba desaforadamente? Yo había procedido de una manera tan incorrecta, de acuerdo a sus cánones. ¿Me bajaba del auto o seguía hasta el final de mi recorrido? Decidí arriesgarme.
       Como él quería discutir, yo no le iba a dar el gusto. Con una voz muy suave le dije:
       - Pero, señor, tan temprano y ya discutiendo.
       Pensé, equivocadamente, que mis palabras conciliadoras lo sedarían.  Grave error, mi tranquilidad lo enardeció más.
       Atacó nuevamente:
      - La que empezó fue Ud., con esa actitud de mando, diciendo lo que yo tenía que hacer. ¿Acaso, cuando yo voy a una confitería,  le digo al mozo el agua tiene que estar así o asá!
       Yo vuelvo a intervenir y retruco: 
      - Yo sí le digo al mozo que quiero que me traiga agua bien fría. 
      Su cara se inflama y vocifera:
      - Estoy hablando del agua del café.
      -  Ah, digo yo, el café lo pido bien caliente.
      Muy furioso, agrega:
      - Pero, ¿qué dice? El café no se toma bien caliente, ellos saben como debe hacerse, cuál es la temperatura justa.
      - Bueno, sigo yo, - Ud tómelo a la temperatura que ellos lo hacen. Yo lo pido y lo tomo muy caliente.
     Él siguió con sus alaridos:
     - ¡Todos se creen caciques que pueden mandar y que debemos cumplir sus órdenes!
     Finalmente, llegamos. Me bajé muy contenta, ya que este personaje me había dado letra para escribir una  historia.





 
        

jueves, 3 de noviembre de 2011

Caer parado

    Después de mi experiencia alucinante con el chofer despistado, me he negado sistemáticamente  a volver a arriesgarme con otro taxi.
    Acerca de los colectivos y sus conductores mucha tinta fue usada contando atrocidades padecidas por los sufridos pasajeros.
    Para los trayectos cortos, no había drama ya que caminar siempre fue mi opción ideal, saludable para el cuerpo y para el bolsillo.
    Pero el enigma a resolver era cuáles podrían ser mis opciones para trasladarme a lugares  lejanos sin tener que hacer maratones diarias.
    Usar el auto fue descartado tiempo atrás, después de haberme quedado prisionera en el medio de un piquete durante horas o de no haber podido encontrar lugar para estacionar y recuperar mi libertad.
    Después de una larga noche en que no pegué un ojo sumergida en un laberinto de dudas y cavilaciones obsesivas me dispuse a desayunar y a leer el diario. Una noticia en primera plana cambió el rumbo de mis pensamientos

Cayó de un séptimo piso y se salvó

       El niño, de 7 años, se asomó a un balcón francés para llamar a su madre; sólo se fracturó las piernas. 
 ...  La madre bajó con el más pequeño a un quiosco, y el mayor se quedó en el departamento.
 ..."Lo vi que se asomó por el balcón y lo escuché gritar y llamar a la mamá", contó un obrero que trabaja frente al edificio donde ocurrió el accidente. "Me fui para adentro unos segundos y, cuando salí, no lo podía creer; lo vi caer los siete pisos",
... cayó desde el balcón francés protegido por una reja y ubicado en uno de los laterales del edificio, y se golpeó contra el piso en una cochera, tras haber sido amortiguada la caída por un techo, probablemente un toldo.
...  La caída se produjo desde 21 metros aproximadamente. Cayó parado. "Tiene dos fracturas en los miembros inferiores, sin daño interno".
    Después de leer la noticia del diario recordé una anécdota que mi mamá siempre contaba.
   Unas horas después de mi nacimiento, que se produjo en un hospital público, ella y yo dormíamos juntas en la misma cama. De pronto  apareció una enfermera.  Levantó violentamente las cobijas, yo quedé enredada entre  las mantas y me fui al suelo. Mi mamá pensó que mi vida  había concluído y se desmayó.    
     Cuenta la leyenda  que caí parada  y milagrosamente sin ninguna lesión.  Suelen hacerme bromas afirmando que quedé petisa por ese motivo.
     Dicen que los gatos caen así y por eso tienen siete vidas. Ya gasté  varias.