A pesar de haber proclamado a los cuatro vientos que nunca más me subiría a un taxi, reincidí. Me convencí que era prácticamente imposible que me volviera a encontrar con un chofer que actuara con las mismas torpezas que aquél que se cruzó en mi camino ese viernes fatídico.
Efectivamente, por ahora, no encontré a ninguno igual ni parecido.
Pero, las circunstancias insólitas de la vida no suelen ser las ya conocidas. Siempre hay alguien que puede sorprendernos de una forma inesperada.
Paso a relatar la historia. Salgo hoy a la mañana, apurada; tengo que caminar algunas cuadras, pero estoy calzada con tacos muy altos.
Llego hasta la esquina de Posadas y decido tomar un taxi. Subo, saludo y le indico al conductor:
- Tome hasta Rodríguez Peña, doble allí hasta Guido y cruzando Guido me bajo.
Paso a relatar la historia. Salgo hoy a la mañana, apurada; tengo que caminar algunas cuadras, pero estoy calzada con tacos muy altos.
Llego hasta la esquina de Posadas y decido tomar un taxi. Subo, saludo y le indico al conductor:
- Tome hasta Rodríguez Peña, doble allí hasta Guido y cruzando Guido me bajo.
Mis palabras provocaron una reacción de cólera bastante difícil de entender. Empezó a increparme duramente. Me dijo:
- ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿Por qué me dice todo el recorrido? Ud. me tenía que decir Rodríguez Peña y Guido y nada más. El resto lo hago yo sólo. ¡Qué falta de educación!
- ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿Por qué me dice todo el recorrido? Ud. me tenía que decir Rodríguez Peña y Guido y nada más. El resto lo hago yo sólo. ¡Qué falta de educación!
Me quedé pensando unos segundos y recordé al otro chofer, el que me pidió muy amablemente que le indicara el recorrido y después casi me arranca una pierna.
¿Cuál podía ser mi destino con este energúmeno que gritaba desaforadamente? Yo había procedido de una manera tan incorrecta, de acuerdo a sus cánones. ¿Me bajaba del auto o seguía hasta el final de mi recorrido? Decidí arriesgarme.
Como él quería discutir, yo no le iba a dar el gusto. Con una voz muy suave le dije:
- Pero, señor, tan temprano y ya discutiendo.
Pensé, equivocadamente, que mis palabras conciliadoras lo sedarían. Grave error, mi tranquilidad lo enardeció más.
Atacó nuevamente:
- La que empezó fue Ud., con esa actitud de mando, diciendo lo que yo tenía que hacer. ¿Acaso, cuando yo voy a una confitería, le digo al mozo el agua tiene que estar así o asá!
Atacó nuevamente:
- La que empezó fue Ud., con esa actitud de mando, diciendo lo que yo tenía que hacer. ¿Acaso, cuando yo voy a una confitería, le digo al mozo el agua tiene que estar así o asá!
Yo vuelvo a intervenir y retruco:
- Yo sí le digo al mozo que quiero que me traiga agua bien fría.
Su cara se inflama y vocifera:
- Estoy hablando del agua del café.
- Ah, digo yo, el café lo pido bien caliente.
- Yo sí le digo al mozo que quiero que me traiga agua bien fría.
Su cara se inflama y vocifera:
- Estoy hablando del agua del café.
- Ah, digo yo, el café lo pido bien caliente.
Muy furioso, agrega:
- Pero, ¿qué dice? El café no se toma bien caliente, ellos saben como debe hacerse, cuál es la temperatura justa.
- Pero, ¿qué dice? El café no se toma bien caliente, ellos saben como debe hacerse, cuál es la temperatura justa.
- Bueno, sigo yo, - Ud tómelo a la temperatura que ellos lo hacen. Yo lo pido y lo tomo muy caliente.
Él siguió con sus alaridos:
- ¡Todos se creen caciques que pueden mandar y que debemos cumplir sus órdenes!
- ¡Todos se creen caciques que pueden mandar y que debemos cumplir sus órdenes!
Finalmente, llegamos. Me bajé muy contenta, ya que este personaje me había dado letra para escribir una historia.
A la pipeta. A mí me gusta el café medio tibión, y el agua sin hielo. Si me subía yo al taxi al mismo tiempo,¡la que se armaba!
ResponderEliminarMe intriga ¡que nuevas aventuras se me pueden presentar en mis próximos viajes en taxi!
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